Crecer y envejecer es difícil. Pero ser viejo es más difícil porque comporta, casi siempre, afrontar la soledad de una forma irremediable.

La soledad que dispensamos a los ancianos está muy lejos del respeto que merece toda una vida de experiencia y conocimiento.

Aún estando solos, cualquier ser humano aprecia muchísimo seguir sintiéndose útil y de ahí, nace la maravillosa idea de la residencia de Mount St. Vincent en Seattle.

Allí cuidan a 400 ancianos y, además, aloja una escuela de preescolar. De esta forma, los ancianos se involucran en la educación de los niños y las niñas. Siempre bajo la supervisión de los responsables de la escuela.

Gracias a esta pionera iniciativa, los ancianos pueden transmitir todo aquel afecto que les falta, sus enormes conocimientos sobre la vida y sus inagotables experiencias. Los pequeños, por su parte, crecen y aprenden en un entorno de respeto y admiración ante los mayores, olvidados por la sociedad.

Grandes y pequeños comparten tiempo y se ayudan mutuamente y eso, es todo un ejemplo para todo el mundo. Nosotros, por cierto, ya hemos pedido plaza en la residencia para de aquí unos pocos años.

Conoce la residencia

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