Éste podría ser uno de esos escritos en los que habitualmente nos vanagloriamos de lo increíble que es una tecnología en concreto y del enorme impacto que puede tener sobre la vida de las personas. Y realmente, en este caso, estaría más que justificado, porque efectivamente detrás de esta historia hay una tecnología de enorme poder transformador social y vital. No obstante si hablamos de cosas que pueden y deben mover el mundo, no hay motor más consistente que las emociones humanas, y entre ellas, el amor y el humor son los adalides que encabezan ese ejército de pasiones que cada uno de nosotros lleva dentro. Pues bien, esta es una historia triste sí, pero a la vez es una historia que reivindica el sentido del humor y la risa como forma de entender el mundo, incluso cuando uno cree que escasean los motivos para ello. Puede que haya a quien el sentido del humor en ciertas ocasiones le suene a inoportuno, fuera de lugar o incluso hasta macabro. Pero realmente, ¿Quién tiene el problema? ¿Aquel que hace una broma ácida desde la plena consciencia del contexto e implicación, o bien aquel otro que se escandaliza y se siente agraviado en base a una supuesta rectitud moral o un exacerbado sentido de lo políticamente correcto? Aquellos que demuestran el valor y el talento de saber reírse de ellos mismos bajo cualquier circunstancia van un paso por delante. Difícilmente podrán ser ofendidos por aquellos que realmente si que hacen uso de la inquina y la mezquindad para intentar de forma ruin y abyecta afectar a una persona. A la mierda lo supuestamente correcto. Mi arma es el humor, y no me da miedo usarla.

I’m back

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