Hoy es un día de autobombo y pseudo complacencia para cualquier publicitario que se precie. Sí, uno de esos días en los que se potencia el onanismo emocional y el sentimiento de pertenencia grupal de todo aquel que se dedica al noble arte de vender cosas, productos, servicios, marcas o personas a través de ciertas técnicas y mensajes con más o menos acierto, gracias y talento. Es nuestro día. El día en el que aquello de “esto es para ayer” resuena lejano y solitario en tu cerebro como retranca de una profesión que tiene el don de maltratar a nuestros cerebros a la par que excitarlos y retarlos continuamente para que se alejen de la tentadora calidez del apoltronamiento y la atrofia mental. Somos una estirpe con muchos vicios adquiridos; no nos gustan los lunes; defendemos nuestras ideas con tesón cual Jon Snow y su Guardia de la Noche en el Muro no porque estén por encima del bien y del mal, sino porque creemos que son trascendentes y van a funcionar; no entendemos el trabajo únicamente como un medio (para subsistir) sino también como un fin en si mismo (para enriquecer nuestra existencia y la de las marcas o instituciones a las que servimos y representamos, y así creer que no pasamos por este mundo de puntillas). No tenemos el ego de Don Draper & company ni su visión patriarcal de la sociedad propia de eunucos mentales, aunque sí que bebemos para inspirarnos -o porque nos gusta- y también nos encantaría conducir el Cadillac Coupe DeVille o el Chrysler Crown Imperial que calzaba el amigo Draper en esa oda seriada y algo histriónica a la publicidad que fue Mad Men. Publicitarios del mundo, vuestro patrón (del que solo os acordáis una vez al año, cada último viernes de enero para acogeros a su festividad, ¡cabrones!), San Publicito os saluda.

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