No está muerto, pero cuando lo esté, seguro que levanta la cabeza y vuelve a la tumba. Hablamos, cómo no, de Jiro Ono, el mítico chef japonés propietario de Jiro Sukibayashi, un restaurante situado en una parada de metro del barrio de Ginza, Tokyo, y con capacidad para apenas 10 comensales en una barra catalogado como el mejor restaurante del mundo, no sólo por sus tres estrellas Michelin, sino también por el misticismo e indudable carisma del personaje. En el magnífico documental “Dreams of sushi” se desgrana la personalidad del genio que hay detrás de cocinero: perfeccionismo, dedicación, sacrificio, vocación y pasión. Valores todos ellos, sin duda, imprescindibles para lograr la excelencia en cualquier tarea. Pues bien decíamos que Jiro creemos que no vería con muy buenos ojos la anunciada apertura de un nuevo restaurante de sushi con un concepto muy particular: el local está dotado de una tecnología que reconoce a los comensales y conectado a un sistema digital de análisis que identifica lo que llaman su “Health ID” y se le sirve un sushi impreso en 3D adaptado a sus necesidades. Ahí queda eso, casi nada. Tokyo es una ciudad de contrastes y resulta mágico, o casi irónico que en unos meses pueda albergar un restaurante con casi 60 años de tradición y respeto a un método y otro que parece ideado por un novelista de ciencia ficción neurótico. Por suerte, de momento, Jiro…se queda.

 

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